

Llega el mes de septiembre y, con la vuelta de los más pequeños al colegio, también sus progenitores tienen la oportunidad de participar en la Escuela de Padres y Madres que el Ayuntamiento de Olivenza viene desarrollando cada curso en los últimos años. El director de esta escuela, José Serrano Serrano (Olivenza, 18 de diciembre de 1972), presta sus servicios como psicólogo del Servicio Social de Atención Social Básica del consistorio oliventino, además de ejercer como profesor asociado en el departamento de Psicología y Antropología de la Universidad de Extremadura, cuenta con publicaciones en el ámbito de la infancia y la familia y fue galardonado con premio extraordinario de doctorado en 2014.
- ¿Qué le llevó a estudiar y especializarse en Psicología?
- Pues fue en el año 1990 cuando tuve que elegir qué carrera hacer. No tenía todavía ni los 18 cumplidos. Recuerdo ese momento con angustia (supongo que como muchos adolescentes) por el miedo a no elegir la carrera adecuada. Me surgían dudas por doquier. Lo único que parecía tener claro es mi preferencia por profesiones que tenían un carácter más asistencial. Así, las carreras que elegí y que tenía en mente en ese momento eran Psicología, Medicina, Magisterio y Enfermería. Medicina no me la concedieron (no me alcanzó la nota), pero sí tenía nota suficiente para las otras tres. ¿Por qué finalmente me decanté por Psicología? Pues creo que confluyeron muchos factores: en aquellos momentos ya se escuchaba que la profesión de psicólogo iba a tener futuro (no se equivocaron); salir fuera de casa y poder comprobar si podía desenvolverme sin mis padres era una «asignatura» que necesitaba aprobar (la carrera no se podía cursar en Badajoz, la tuve que hacer en Sevilla); también había leído que la Psicología te permitía enriquecerte como persona (en mi caso puedo decir que así ocurrió y sigue ocurriendo) y por último, antes de cursar la carrera había escuchado hablar acerca del Psicoanálisis en la asignatura de Filosofía y de que debajo de nuestros comportamientos existían motivaciones y deseos «secretos». Este halo de misterio tengo que reconocer que me atraía.
El primer año de carrera me decepcionó completamente. Aquel año apenas encontré cuestiones que me llenasen un poco. De hecho llegué a pensar que la Psicología no me gustaba. Sin embargo, todo cambió en el segundo curso de carrera. Ese año tuve la suerte de tener como profesor a un profesional con una experiencia clínica muy amplia, que nos hablaba de los trastornos mentales, de sus causas, de su forma de abordar los casos que atendía y de cómo debajo de la conducta que observamos se pueden esconder emociones, deseos, pensamientos, motivaciones... Se me volvió a encender la luz y, a partir de ahí, tuve claro que quería decantarme por esa vertiente más clínica de la Psicología.
- Dada su experiencia en este campo, especialmente en el ámbito de la infancia y la familia, ¿qué es lo que más duro le resulta de su profesión?
- Trabajar como psicólogo en una ciudad de poco más de 10.000 habitantes es complicado. Y cuando trabajas atendiendo a niños y sus familias todavía lo es más. Constituirte en depositario de tantas historias, algunas de ellas tan dolorosas, supone por un lado una responsabilidad que en ocasiones asusta. Por otro lado, también supone un desgaste emocional importante. Siendo sincero, te digo que en alguna ocasión he tenido que salir de la consulta, con la excusa de ir al servicio, para soltar alguna lágrima. Y en otras ocasiones no ha hecho falta excusas, he expresado mi emoción y ya está. A veces, es inevitable. En ese momento, me digo: «Jose, tienes emociones, y eso está por encima de ser psicólogo». ¡Menos mal que tengo la Universidad! En muchas ocasiones mis clases me sirven para «vomitar». Me explico. Mis alumnos agradecen que les ponga como ejemplos casos que atiendo en el Ayuntamiento; sin embargo, ellos quizá no sepan que este hecho también supone una ayuda importante para mí. Compartir con mis alumnos dificultades y emociones ligadas a algunos casos que atiendo, para mí también es «liberador» y supone paliar un poco ese desgaste emocional.
- ¿Y qué es lo más satisfactorio de su labor?
- Esta pregunta es más fácil de contestar. Cuando una madre, un padre o un niño te verbaliza que le has ayudado, o que le has aportado cosas nuevas que no sabía es sumamente gratificante. Ya el «simple» hecho de constituirte en receptor de las emociones displaceteras de otra persona es bastante reparador para el que cuenta. Y, en este sentido, también es muy gratificante para el que escucha. Obviamente, el trabajo no solo consiste en contar y escuchar, es mucho más complejo, consiste en modificar esquemas, pensamientos, aceptar emociones, deseos... Cuando percibes que esto último va sucediendo te sientes bastante satisfecho.
- Centrándonos en la Escuela de Padres, ¿qué aspectos pedagógicos se van a tratar en el curso que acaba de comenzar?
- Tenemos que reunirnos con los docentes y AMPAS para ver qué inquietudes existen. Así lo hemos hecho otros años. La opinión de padres, madres y profesores siempre es importante. Mi intención es reunirme con ellos, escuchar y hacer propuestas. De todos modos, siempre van a existir temas que inevitablemente van a sobrevolar en un grupo de formación de padres y madres: el acoso escolar, las emociones e inteligencia emocional, el apego, prevención de conductas adictivas... Como aspecto novedoso, últimamente está centrando mi atención una cuestión que creo que es sumamente importante en la educación de los hijos. Tiene que ver con una cuestión que es clave para prevenir los trastornos emocionales de los menores. En este sentido, como madres y padres tenemos que adquirir las herramientas necesarias para saber calmar a nuestros hijos. Lo que quiero decir es que cuando los hijos sientan ira, tristeza, vergüenza, miedo, etc., tenemos que estar presentes para devolverles la información necesaria para que puedan etiquetar, simbolizar y regular estas emociones. Esto es clave para que estos menores, cuando se conviertan en adolescentes y adultos sean capaces de autorregular sus emociones displacenteras. Insisto, la clave está en saber calmar a los hijos.
- ¿En qué aspecto cree que se debe incidir más en la educación de los padres respecto a la crianza de sus hijos?
- Creo que la Teoría del Apego puede aportar mucho a padres y madres en relación a la crianza de sus hijos. Como te comentaba anteriormente, el hecho de que padres y madres seamos capaces de enseñar a nuestros hijos a autorregular sus emociones va a ser clave para el desarrollo social, emocional y psicológico de estos últimos. Para ello hay que empezar a darle mucho valor a un concepto relativamente novedoso (proveniente de la Teoría del Apego) que es el de «mentalización». Básicamente, consiste en interpretar cualquier tipo de comportamiento de un niño como un producto de estados mentales y emocionales. Es ser capaz de ir más allá de lo meramente visible. Consiste en «bucear» un poco y no darle tanta importancia a «la parte visible del iceberg». Consiste en darnos cuenta de que debajo de un comportamiento inadecuado o disfuncional de un niño se esconden estados mentales, pensamientos, emociones y sentimientos. Es, básicamente, ser capaz de al menos preguntarnos sobre el por qué un niño tiene un comportamiento disfuncional en términos de sentimientos y estados mentales. Los profesionales que trabajamos en esta materia tenemos la responsabilidad de enseñar a padres y profesores a tener una actitud mentalizadora.
-En este sentido, ¿hay algún proyecto en el que esté pensando y que sea factible poner en marcha en el futuro desde el Servicio Social de Atención Social Básica de Olivenza?
- Desde el Programa de Atención a Familias se pueden poner en marcha talleres que ayuden a madres y padres a adquirir esa actitud mentalizadora de la que te hablaba anteriormente. El objetivo sería fomentar un apego seguro entre cuidador y el menor. Hay investigaciones que demuestran cómo el apego seguro se constituye en un factor protector contra la psicopatología infanto-juvenil. En este caso sería muy interesante también contar con la participación de personal sanitario. Para ello se necesita tiempo y colaboración. Quizá en un futuro puede constituirse en realidad.
- ¿No considera que se está delegando demasiado en los docentes en la educación de los menores, más allá de la educación formal?
- Creo que no, francamente. En este aspecto creo que la clave está en que padres y maestros dejemos de pasarnos la pelota y asumamos los roles que cada uno tiene. Es obvio que en los últimos años el funcionamiento de la familia está experimentando muchos cambios. Las exigencias laborales hacen que se agranden las dificultades para compatibilizar las responsabilidades familiares con las laborales. En este sentido, creo que la escuela debe asumir otras responsabilidades que antes no asumía. Escuela y familia deben complementarse y constituirse en un sistema funcional para el menor. Es por ello que pienso que la escuela tiene que adaptarse también a los nuevos cambios que esa otra parte del sistema (la familia) está experimentando. En la actualidad, creo que la familia está empezando a necesitar que la escuela cubra ciertas necesidades que antes por si sola sí podía cubrir. Ahora está empezando a no poder. Relacionado con esto, tengo que comentarte que aparte de impartir clases en el Grado de Psicología, también lo hago en el Grado de Maestro de Educación Infantil. Pues bien, nunca se me olvida decirles a los futuros maestros que el rol que van a desempeñar con los menores es crucial. Y más ahora, ya que es muy probable de que ellos se constituyan en la figura de apego con la que más tiempo va a pasar el niño. Más que con sus propios padres.
- ¿Con qué aliados cuenta para la consecución de los objetivos marcados para este curso?
- En años anteriores siempre he contado con la colaboración de profesores del colegio 'Francisco Ortiz' y de las Escuelas Parroquiales del Sagrado Corazón de Olivenza. En ocasiones han participado impartiendo charlas muy productivas a padres y madres de la localidad. También me han ayudado, compartiendo sus conocimientos con todos nosotros, profesionales de diferentes ámbitos, compañeros de la Universidad de Extremadura, profesionales del ámbito sanitario y de la protección a la infancia... Todos de forma altruista. Todos ellos han proporcionado esa calidad necesaria que debe tener un grupo de formación de padres y madres. Aprovecho para darles las gracias a todos ellos. Para este año espero seguir contando con profesionales que aporten calidad a esta Escuela de Padres y Madres. Por otro lado, también cuento, ya a un nivel de colaboración más logístico, con mis compañeras del Programa de Atención a Familias y el Programa de Prevención de Menores en Riesgo del Ayuntamiento.
- ¿En qué ha beneficiado la existencia de la Escuela de Padres en la comunidad educativa de Olivenza desde su creación?
- Siempre he querido que la Escuela de Madres y Padres de Olivenza se constituya en un espacio favorecedor de reflexiones en relación a la crianza y educación de nuestros hijos. Con este espacio de formación siempre he pretendido ser coherente con lo que nos dice la Convención Internacional de Derechos del Niño. Hay mucha gente que no lo sabe. Pero si uno se toma la molestia de leer su articulado se dará cuenta de que hay una idea muy importante que sobrevuela todo este articulado. Y es la de que todos los niños tienen derecho a tener padres competentes y formados. Esto quiere decir que ser padre o madre no nos concede el derecho a educar a nuestros hijos como nos da la gana. Hay unas pautas, hay unas directrices. Hace ya varios años que puse en marcha este grupo de formación con la idea de que tenemos muchas cosas que aprender en relación a nuestros hijos. Estoy seguro que esta Escuela de Madres y Padres ha ayudado y está ayudando de alguna manera a los menores de nuestra localidad.
- ¿Queda mucho por hacer en la educación de padres y madres?
- Debemos ser muy humildes cuando educamos y nos vinculamos con nuestros hijos. Desde esta posición siempre vamos a estar en disposición de pensar que existen muchas cosas por hacer en este ámbito. Solo hay que escuchar los medios de comunicación para darnos cuenta de que no estamos haciendo las cosas lo bien que nos gustaría. Escuchar noticias como la de que unos preadolescentes hacen una quedada para agredirse mutuamente, habiendo chicos que disfrutan observando cómo sus iguales se agreden y sufren, o como unos adolescentes humillan a una persona mayor y cómo disfrutan observando el dolor o el malestar de este último, nos hace pensar que padres, madres, profesores, educadores, políticos... no estamos haciendo las cosas tan bien. No sé si voy a ser muy exagerado con lo que te voy a decir, pero algunas veces pienso que, sin ser muy conscientes, estamos generando cada vez más jóvenes narcisistas y con características psicopáticas.
Mientras estas cosas sigan sucediendo está claro que nos queda mucho por hacer.
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