JUDAÍSMO E INQUISICIÓN EN OLIVENZA (II)

«Los judaizantes de Olivenza, aislados de las tradiciones hebraicas y de la predicación rabínica y obligados a ocultar su creencia religiosa, se replegaron sobre sí mismos y trataron de mantener viva la ley mosaica, trasmitiéndola de generación en generación»

Documentos con actas de procesos contra judíos oliventinos. /CEDIDA
Documentos con actas de procesos contra judíos oliventinos. / CEDIDA
FERMÍN MAYORGA
FERMÍN MAYORGA

En nuestro anterior artículo, dimos a conocer, algunas pequeñas noticias referentes a practicas judaicas de varios vecinos de Olivenza condenados por la Santa Inquisición de Évora. Crónicas, que quedaron perfectamente contrastadas con la aportación y contribución de documentos sacados del Archivo da Torre do Tombo de Lisboa, y que fueron insertados y enunciados dentro de la recesión sobre la temática.

Los judaizantes de Olivenza, aislados de las tradiciones hebraicas y de la predicación rabínica y obligados a ocultar su creencia religiosa, se replegaron sobre sí mismos y trataron de mantener viva la ley mosaica, trasmitiéndola de generación en generación. Sin embargo, en tales condiciones, les resultó imposible lograr completamente su propósito y se convirtieron en los artífices de una distorsión del judaísmo tradicional que pretendían conservar. La religión prohibida sólo podía practicarse bajo el amparo del secreto. Sus fieles, permanentemente amenazados por la represión inquisitorial, hubieron de buscar refugio en un contraído espacio clandestino para dar testimonio de su fe. Las condiciones de aislamiento y clandestinidad en que vivió la comunidad judía de la villa, no solo explican el nacimiento del marranismo, sino también su definición como doctrina y como práctica religiosa. Sin la predicación de los rabinos ni el apoyo de los textos, la doctrina fue empobreciéndose, desprendiéndose poco a poco de las elaboraciones más sutiles del pensamiento hasta quedar reducida a la esencia de la profesión de fe.

Los judeoconversos de Olivenza, hacia el exterior mostraban una apariencia acorde con la de la mayoría, asistiendo a la iglesia, colgando en sus casas las imágenes de los santos, en definitiva, comportándose formalmente como cristianos. Una sola delación tenía gravísimas consecuencias, ya que el mundo de la complicidad estaba trabado de conexiones a través de las cuales se multiplicaban los efectos de esa primera delación. La más grave amenaza para los judaizantes provenía del 'Malsin', desgraciada figura nacida de entre las mismas filas de los perseguidos que se ponía al servicio de los Inquisidores con el fin de lograr un beneficio personal mediante la delación. Personaje que, para demostrar su verdadera conversión, extremaba las muestras de adhesión a su nueva fe erigiéndose en católico militante y asumiendo como propia la tarea de extirpar todo vestigio de su antigua fe. Perseguía el reconocimiento público de su conversión, aun a costa de agredir a personas con las que había estado unido, incluso a las de su propia familia.

Uno de los acontecimientos más importantes en la vida de cualquier familia era el nacimiento de nuevos miembros, lo que garantizaba la perpetuación del linaje. Por este motivo, todo nacimiento era acogido con júbilo, dando lugar en los días siguientes a diversas ceremonias religioso-familiares, que contribuían a reforzar los lazos de cohesión dentro del grupo.

La séptima noche después del nacimiento de un niño tenía lugar la ceremonia de 'Las Hadas', 'fadas' o 'estrenas' (la noche era conocida como 'noche de viola', que consistía en una celebración familiar en la que se expresaba la alegría por el feliz acontecimiento). El niño, vestido de blanco, era colocado en un recipiente metálico, en el que se vertían algunos granos de oro, plata, aljófar, trigo o cebada, y se le lavaba mientras se pronunciaban ciertas bendiciones con el fin de ahuyentar el mal de ojo y atraer sobre él la 'buena estrella', la alegría que presidía esta ceremonia, se expresaba mediante cánticos y bailes acompañados de instrumentos musicales (laúdes, timbales), y el convite a los invitados con dulces diversos, entre los que primaban los melados.

También la muerte iba acompañada de un complejo ritual oculto, minuciosamente observado por familiares y allegados. Cuando algún converso se encontraba moribundo, era costumbre volverle la cara hacia la pared en señal de expiación por sus pecados y en recuerdo de la curación milagrosa de Exequias, rey de Judá (Isaías, XXXVIII, 1-5); asimismo sus familiares ponían alguna prenda de su ropa sobre un libro judío que tuviesen, para que se rezase por su restablecimiento. Nada más producirse la muerte, se procedía a cerrar los ojos del difunto, pues se creía, que si permanecían abiertos no podría encontrar el camino hacia el mundo ultraterreno. Desde este momento se organizaba el acompañamiento del cadáver, y aquellos conversos de judíos que acudían a la casa del difunto, confortaban a sus familiares con frases de aliento y condolencia como «Dios le perdone en su Ley» o «Buen poso encuentre».

Un rito fundamental entre los judíos ante la muerte era el lavado del cadáver con agua caliente o tibia, procediéndose también a afeitar el pelo y el vello corporal del difunto y acortarle las uñas, ya que el Talmud los considera elementos impuros. A continuación, se amortajaba el cadáver de una manera secreta, cerrando para ello la puerta de la habitación. Los cadáveres se enterraban sin ningún tipo de ajuar, o con piezas muy sencillas (anillos, monedas o amuletos), como símbolo de la igualdad de todos los hombres, ricos y pobres ante la muerte.

Los alimentos que había en una casa en la que se producía una muerte eran considerados intocables, lo que en su origen obedecía sin duda alguna, a razones higiénico preventiva. Asimismo, se procedía a vaciar todos los cubos, cantaros de agua, que estuviesen llenos en la casa del difunto, ya que la superstición popular afirmaba que el «ángel de la muerte» lavaba su mortífera espada en las aguas que encontraba a su alcance; de este modo, las tinajas colocadas boca abajo en la puerta de la casa eran una manifestación externa de duelo por un difunto.

Al regreso del cementerio, los familiares más próximos del difunto se hacían un pequeño desgarro en el vestido en señal de duelo y en recuerdo de la tradicional costumbre judía de rasgarse las vestiduras como signo de dolor.

A continuación, conoceremos a varios oliventinos condenados por la Inquisición de Évora, que conocían y participaron, siempre de una manera subrepticia y oculta, de este tipo de ceremonias mosaicas.

Nuestro primer convicto es Simón Núñez, cristiano nuevo, de 27 años de edad, fue acusado de prácticas judaicas, sastre de profesión, natural de Olivenza, hijo de Antonio de Oliveira, pastelero, es su madre María de Abreu, de estado civil casado con Isabel Rodríguez. Entró en prisión el 4 de enero de 1662 y fue condenado en el auto de que se celebró en Lisboa el 17 de septiembre del año 1662. Se le confiscaron sus bienes, abjuró en forma, cárcel y hábito penitencial (sambenito) al arbitrio de los inquisidores y desarrolle penitencias espirituales.

Otro condenado fue Antonio Díaz, de quién la Inquisición de Lisboa dictaminó lo siguiente contra su persona: «Un hombre de 40 años de edad, cristiano nuevo de judíos, sin oficio, natural de Olivenza y que tiene su morada en la misma población, es hijo de Diego Díaz siendo su madre Isabel Fernández y e estado civil soltero. Entró en prisión el 22 de octubre de 1629, siendo sentenciado en el auto de fe que se celebró el 21 de marzo de 1632, donde abjuró en forma, cárcel y hábito penitencial (sambenito) perpetuo y se le impongan penitencias espirituales».

Nuestra siguiente protagonista es Ana Pereira, una joven de 24 años de edad, natural de Olivenza, quién fue condenada por prácticas judaicas, era natural de Olivenza y vivía en Fundao, era hija de Juan Rodríguez do Paso, campesino, siendo su madre Blanca Álves Pereira, de estado civil casada, fue su marido Simón Carballo Chaves, de oficio mercader. Entró en prisión el 29 de septiembre de 1706 siendo condenada en el auto de fe que se celebró en Lisboa el 30 de junio de 1709, se le confiscaron sus bienes, abjuró en forma, cárcel y hábito penitencial perpetuo y se le impongan penitencias espirituales.

Estos han sido nuestros actores sefarditas de este segundo artículo sobre el judaísmo en Olivenza, estad atentos y observadores a este periódico, porque en los siguientes números seguiremos conociendo más oliventinos que abrazaron la ley de Moisés en siglos anteriores.