

Eva María Nevado
Martes, 6 de diciembre 2016, 07:56
Sonriente, humilde y dispuesta a participar en todas aquellas actividades propuestas por el personal de Caser Residencial Olivenza, centro en el que ahora reside, Vicenta Márquez Samino celebró el pasado domingo sus cien años de vida; una vida cuya primera infancia fue dura pero que posteriormente le compensó con mucho cariño y buena gente, asegura.
Nacida en Alburquerque, perdió con tan solo dos años a su madre casando entonces su padre con otra mujer que convirtió en un infierno la vida de Vicenta con continuas palizas, como ella recuerda con los ojos vidriosos. Lejos de amedrentarse, decidió con tan solo seis años escapar de la vivienda familiar para refugiarse en la casa de sus abuelos maternos, quienes desde entonces se convirtieron en sus verdaderos padres.
Comenzó entonces una segunda infancia en la que se sintió muy querida y de la que recuerda los trabajos en el campo junto a su abuelo y los dulces que aprendió a elaborar con las indicaciones de su abuela, aunque lamenta no haber podido aprender a leer y escribir.
Afortunada por no haber vivido en su entorno los rigores de la Guerra Civil, salvo en lo que a la alimentación se refiere, la salida de la vivienda familiar marcó un nuevo inicio para una vida que transcurrió entre los trabajos en el campo y las salidas al baile con sus amigas, algo más atrayente para ella que las proyecciones de cine de la época.
Fue precisamente en el baile que tanto gusta a Vicenta donde Pablo, quien se convertiría a los 17 años en su marido, se acercó por primera vez a ella después de pedir referencias a un vecino de la localidad sobre la joven.
Con una enorme sonrisa, Vicenta recuerda lo mucho que siempre se amaron desde «aquella boda en la iglesia de San Mateo y con un vestido negro» y la felicidad de la llegada su primer y único hijo, ya que el riesgo que supuso el embarazo para ella hizo que no pudieran tener más.
Sin salir de su Alburquerque natal, excepto para conocer a su nieto y su nieta cuando nacieron en Badajoz, tras la muerte de su marido, hace siete años, se trasladó a vivir con su hijo y su familia a la capital pacense. Los horarios laborales la hacían permanecer mucho tiempo sola y por ello consensuaron su traslado a un centro residencial.
Este nuevo cambio en su ahora centenaria vida le deparaba a Vicenta una nueva sorpresa con Piedad, compañera de residencia en Caser con la que comparte «la más decorada y bonita habitación de todo el centro» y que se ha convertido en una inseparable amiga.
Como si de dos adolescentes se tratara comparten confidencias, momentos de ocio e incluso cambios de imagen, pero sobre todo se cuidan mutuamente, algo que también ha unido a las familias de ambas consiguiendo Vicenta que la felicidad y cariño, que la vida en un principio le negó y posteriormente logró, le acompañen en su centenario cumpleaños.
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