

En los últimos tiempos se están llevando a cabo iniciativas y proyectos, tanto privados como por parte de las administraciones, que llevan el sello de José Antonio González Carrillo (Olivenza, 5 de enero de 1975), un publicista y escritor que siempre ha llevado a Olivenza por bandera en su trayectoria profesional. Formado en Publicidad en Sevilla y en Conservación y Restauración Bibliográfica por la UNED, ha publicado diferentes libros: 'Oliventinos' (2005), 'Saudade' (2006), 'Olivenza Oculta' (2008), 'La herencia portuguesa en las cofradías de Olivenza' (2009), 'Almas da Magdalena' (2011), 'Cuando ya no estemos – Quando já não estivermos' (2012), 'Matriz' (2013) o 'Ruas e aldeias de Olivença' (2017). Con gran apego a las raíces luso-españolas y un profundo conocimiento de la realidad de Olivenza y su entorno, González Carrillo, en su estudio creativo, aporta lo mejor de sí mismo en diseños como el del cartel del 30º aniversario de la Feria del Toro que acaba de darse a conocer.
- ¿En qué se inspira para cada trabajo que realiza?
- La publicidad y el diseño gráfico son disciplinas que están mucho más fundamentadas de lo que parece, beben de la psicología, de la sociología, del arte, y de la historia, hay un sinfín de enfoques académicos. Esto hace que mi profesión me la tome siempre muy en serio, buscando en cada proyecto un fundamento que enlace con las necesidades del cliente y siempre bajo un pormenorizado estudio de necesidades, aunque lógicamente, también dejas parte de tu personalidad en cada proyecto.
- ¿De dónde le viene la vocación por la Publicidad y por qué se formó para ello?
- Pues, aunque parezca raro, a mediados de los años noventa, estudiar Publicidad y Comunicación era aún algo más bien desconocido, tenías que salir fuera para hacerlo y existía una cuota muy alta de intrusismo profesional; las propias empresas no buscaban a profesionales que tuvieran el bagaje formativo necesario para gestionar sus campañas. Esto afortunadamente está cambiando. La creatividad siempre ha estado en mis genes y en su momento aposté por formarme y poder ganarme la vida ayudando a empresas privadas e instituciones a conseguir sus objetivos en lo referente a comunicación, rentabilidad e imagen gráfica.
- ¿Y qué le llevó a montar su propio estudio de diseño?
- Fueron varias las causas, pero sobre todo la oportunidad de compatibilizar mi trabajo con mi vida personal y para apostar por esa sociedad rural que tanto se menciona hoy con cierto tono derrotista, y en la que yo creo cada día más. El futuro, aunque digan lo contrario, está en lugares como Extremadura o el Alentejo, no me cabe la menor duda. La sociedad urbanita cada vez está más descaracterizada y más pronto que tarde, buscará los privilegios de vivir en entornos como el nuestro. La mediana y pequeña empresa ubicada en estos entornos para mí son también parte de ese futuro estratégico y por ello, siempre quise apostar por crear un estudio independiente de publicidad y diseño «slow», que disfrutara con cada proyecto. Esta es la única forma de realizar las cosas bien.
- ¿Cuál es el secreto para que una marca o diseño gráfico pueda tener su impacto en el mercado o en la sociedad?
- Hay muchos mitos con todo esto. Los impactos que tenemos actualmente, por ejemplo los que intentan vender los supuestos gurús de las redes sociales o de las nuevas tecnologías (concepto erróneo, puesto que de nuevas no tienen nada, ya que llevan mucho tiempo entre nosotros), se basan muchas veces únicamente en utilizar términos totalmente esnobs, pero no saben en el fondo de lo que hablan, y dentro de dos o tres meses se dedicaran a lo que esté de moda y toque, sin ningún conocimiento de base. Desde mi punto de vista hay que huir de todo eso, las empresas están cada vez más hartas con ese tipo de argumentos que no sirven para nada. La comunicación y la publicidad tiene que estar bien fundamentada, lo demás desaparecerá como desaparece todo lo efímero.
- Usted también está muy involucrado en la vida sociocultural de la ciudad y lo ha plasmado en la mayoría de sus libros. ¿De cuál de ellos se siente más orgulloso?
- De cada uno de mis libros guardo recuerdos preciosos; me permitieron conocer a gente maravillosa, consultar archivos increíbles, realizar fotografías irrepetibles, llegar a públicos que nunca imaginé, pero sobre todo, me siento orgulloso de lo que está por venir, de mis proyectos, como un próximo libro en el que llevo trabajando desde hace más de cuatro años junto a dos profesores e historiadores portugueses, y que recorrerá la historia de Olivenza desde sus inicios hasta el siglo XVI, circundando la importancia que tuvo en ese siglo una de las joyas bibliográficas de Olivenza, su Foral Manuelino. Espero que en los próximos meses vea la luz y que también pueda ver materializados otros proyectos paralelos que estoy realizando en forma de libro.
- Otra de sus facetas es la de bibliófilo... ¿Puede contarnos qué joyas atesora en sus estanterías?
- El mundo del libro impreso me apasiona desde hace muchos años, contrariamente a lo que se piensa y buscando un paralelismo con los esnobismos en mi profesión que antes mencionaba, el libro digital, aquel que parecía llegar para enterrar al papel definitivamente, no lo ha conseguido, y hoy en día, el libro impreso continúa entre nosotros con más valor si cabe afortunadamente.
Para mí, el libro es un tesoro, un bien escaso, en donde se refleja mucho más que un relato; un libro es un proyecto, un concepto, una pieza en cierta manera única. Si retrocedemos a siglos pasados, producir un libro era una labor totalmente artesana, en donde cada plancha de impresión y cada encuadernación era realizada por verdaderos maestros artesanos. Esto convertía al libro antiguo en un bien muy preciado, que transcendía incluso la barrera del conocimiento. En mis estanterías tengo muchas obras que forman parte de mi vida, pero lógicamente, guardo con mucho cariño algunas primeras ediciones firmadas de puño y letra por escritores universales o libros relacionados con la historia de Olivenza que son prácticamente imposibles de encontrar hoy en día.
- Gran amante y conocedor del patrimonio oliventino, ¿qué destacaría del mismo?
- Pregunta difícil sin duda, Olivenza en cualquiera de sus rincones, transmite el concepto de «oportunidad», todo es armonioso en su patrimonio material e inmaterial. Para mi, Olivenza es una manera de ver la vida, que se ampara en sus monumentos, en sus tradiciones o en un simple sabor. Si tuviera que destacar algo, siempre huyendo de los imaginarios más difundidos, elegiría la azulejería barroca que aún conserva el Convento de San Francisco, puedes pasarte horas recreándote en las escenas franciscanas que refleja.
- Se implica mucho también en la Semana Santa oliventina. ¿Qué cree que falta para lograr que se declare Fiesta de Interés Turístico Regional?
- Desde mi punto de vista prácticamente nada. La Semana Santa de Olivenza es un verdadero tesoro cultural y religioso, pocos privilegios estéticos hay como admirar el altar mayor de Santa María del Castillo en un Jueves Santo, totalmente cargado de velas encendidas para la celebración de los Oficios religiosos de esa tarde, o la solemnidad de sus cofradías durante esos días. Estas sensaciones, por ejemplo, transcienden mucho más allá de la Olivenza monumental, y es desde mi punto de vista en lo que debemos de hacer hincapié. Quizás, y aunque no lo parezca, la Semana Santa de Olivenza tenga aún un amplio espectro de crecimiento, con cofradías y tallas por recuperar o refundar, aunque todo depende de la voluntad y sensibilidad del propio pueblo y la comunidad cristiana local. Es cuestión de seguir luchando en saber transmitir su rica profundidad e identidad.
- Si tuviera que identificar a Olivenza con una imagen, ¿cuál elegiría?
- Con el cielo azul de una mañana primaveral, con la suerte de pasear por sus calles y poder tener la oportunidad de pararte a hablar con cualquier vecino que conoces. En esa cotidianidad está la clave desde mi punto de vista, y esto, sin duda, es lo que nos lleva a conectar con la infancia, con los recuerdos, con la confianza, con el valor de las cosas sencillas que atesora Olivenza.
- Uno de sus últimos trabajos ha sido el diseño del cartel de la XXX Feria del Toro de Olivenza. ¿Qué destacaría del mismo?
- El público es quien debería de responder a esta pregunta en cierta medida, pero desde mi punto de vista, el secreto de que haya tenido tan buena acogida tanto en Olivenza como fuera de aquí, es sin duda, el cartel en el que está inspirado (Nitrato de Chile, de Adolfo López Durán) que enlaza directamente con el recuerdo de la fachada de la plaza de toros y con las vivencias personales tanto de aficionados a ese mundo como de profanos. Es curioso que una obra de arte de ese nivel, durante años haya sido infravalorada, permaneciendo en un estado de deterioro considerable, aunque hoy en día, afortunadamente, se preserva gracias a los propietarios actuales de la plaza. No olvidemos que estamos ante uno de los carteles más importantes de la historia de la publicidad y que sin duda alguna es también otro reclamo cultural y turístico más. Ya van quedando cada vez menos carteles publicitarios sobre azulejos en toda la península ibérica.
- Siempre ha abogado por estrechar los lazos con Portugal. ¿Qué le falta a Olivenza para sacar el máximo partido a esa biculturalidad de la que hace gala?
- Valentía y emprendimiento. Ni Olivenza ni Portugal se pueden entender hoy en día sin su pasado, sin su influencia en el mundo. Las culturas siempre enriquecen, y Olivenza es un lugar privilegiado, su personalidad no sólo se fundamenta en Portugal, también en la India, en Brasil, en España… Olivenza cuenta con un pasado tan rico que enlaza con personajes tan alejados en principio como jesuitas que evangelizaron tierras remotas, matemáticos que revolucionaron el mundo de la ciencia y la navegación, poetas que fundamentaron tesis doctorales en la Sorbona parisina, actores que trabajaron en el cine internacional o músicos y tratadistas que acabaron impartiendo clases en Viterbo (Italia) hace ya cinco siglos. Menospreciar todo este tesoro o politizarlo es algo demasiado soez desde mi punto de vista.
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