El escritor de éxito Jesús Carrasco posa en Sevilla, su ciudad de residencia. / RAÚL DOBLADO

«Hay que salir de esto con dignidad, sin dejar atrás a los más vulnerables»

'Intemperie' fue un éxito clamoroso. Una flecha clavada en el corazón de sus lectores. Su autor, Jesús Carrasco (Olivenza, 1972), es un escritor consagrado y un ciudadano preocupado por la sociedad que surja de la pandemia

ANTONIO ARCO

El aspecto fiero de Jesús Carrasco esconde a un niño que se emociona con el canto de los pájaros. Benito Zambrano ha llevado su novela al cine. Le entrevistamos antes del comienzo del confinamiento -aunque luego le planteamos nuevas preguntass obre el tema- en Sevilla, ciudad en la que reside.

- ¿De niño era el indio o el vaquero?

- El vaquero; los de mi generación nos alimentamos de un género cinematográfico, el 'western' americano, que estaba claramente posicionado a favor de los vaqueros. Los indios eran irrelevantes, estaban ahí de jarrones para que fueran los buenos a masacrarlos. Con el tiempo cambié de bando.

- ¿Cómo era entonces?

- Me recuerdo haciendo cosas que imitaban a las que hacía mi padre, maestro de escuela y encuadernador de libros. Siempre estaba trabajando con las manos, y yo me aficioné a hacer cosas raras, para la edad que tenía, como dibujar planos de casas (ríe). En la calle sí que disfrutaba con las cosas normales de un niño de pueblo: subir a los árboles, perseguir crías de perdiz a principios de agosto... En la adolescencia fui más rebelde, más travieso, aunque saqué los estudios más o menos bien y, que yo recuerde, no hice nada que la Justicia ordinaria pueda perseguir.

- ¿Y sus padres?

- Estaban muy ocupados en sacar adelante una familia con seis hijos. Los dos trabajaban muy duro. Siempre me he sentido querido y acompañado por ellos, aunque no te decían de una manera explícita 'te quiero mucho'. Sé que mi padre se hubiese sentido muy orgulloso de mí por poderme dedicar a la literatura y vivir de ello; él era el único lector que había en casa cuando yo era niño.

- ¿Usted sí dice 'te quiero mucho'?

- Sí, sí, sobre todo a mis hijas. Esa fuerza que es el amor intento mostrarla de la manera más clara posible.

- ¿Es lo más importante?

- Pasar por esta vida y no experimentar el amor, la compasión, el sentirse amado, me parecería inhumano. Es una herramienta muy poderosa que, por lo menos a mí, me hace sentir que merece la pena vivir la vida. Cuando me pregunto '¿qué hago aquí?', '¿qué sentido tiene todo esto?', a lo que me agarro es a la gente que quiero. Eso es lo que tiene todo el sentido, lo que justifica la existencia; después viene escribir y todo lo demás.

- ¿Y cuando contempla lo contrario: el pensar solo en uno mismo?

- Eso lo relaciono, curiosamente, con el bienestar del que disfrutamos, que es una meta muy digna que merece la pena alcanzar; pero, cuando lo tenemos, tendemos al individualismo, como si cada uno de nosotros nos bastáramos para lograrlo y mantenerlo. Recuerdo esa época de mis padres en la que los vecinos se necesitaban de verdad y había un espíritu colectivo, cierto que forzado por la propia precariedad en la que vivíamos como sociedad.

«Nos falta atención»

- Ahora el confinamiento nos está acercando a nuestros vecinos. ¿Cómo lo está viviendo?

- El confinamiento lo estoy viviendo con mi familia, lo que es una suerte. Estamos, como todos, aprendiendo a darle a la casa nuevos usos, a encontrarle lugares en los que hacer cosas que antes hacíamos en la calle. Si esto sigue así, al final del confinamiento estaré en mejor forma física que en toda mi vida. Bromas aparte, también estoy aprovechando para leer esos libros que siempre se van quedando a la espera de un momento que, al final, nunca llega. Me siento apenado por la tragedia que va creciendo día a día a nuestro alrededor, por ese dolor de morir sin despedidas. Los sanitarios, además de su colosal trabajo, también tienen que hacerse cargo de ese último adiós.

- ¿Qué espera que hayamos aprendido todos sobre nuestro modo de relacionarnos cuando salgamos de ésta?

- Cuando salgamos de ésta nos queda la siguiente, que es levantarnos individual y colectivamente. Ese será un aprendizaje urgente que no admitirá dilación, como cuando el recién nacido activa por primera vez sus pulmones en el momento del parto. Se trata de volver a poner en marcha la gran máquina que es una sociedad y hacerlo con dignidad, es decir, ayudando a que los más vulnerables no se queden atrás. Creo que cuando esto termine tendremos meridianamente claro que nuestro sistema sanitario público es un prodigio que tenemos que cuidar y proteger a toda costa. Habrá que estar vigilantes para que no nos cuelen gato por liebre. Una cosa muy positiva que ya está sucediendo y que espero que se quede para siempre con nosotros es el descubrimiento de esos otros que habitualmente pasan desapercibidos: el reponedor del supermercado, la farmacéutica, el mensajero, el personal sanitario, los agricultores. Por más tecnológica que sea una sociedad, por más avanzada o por más liberal, sin esas personas que no reciben premios ni reconocimientos, no funciona.

- ¿Y antes de esta gran crisis, cómo estábamos?

- Ensimismados. Y el móvil, que es muy magnético, es un buen punto de partida para que esto ocurra. Te ensimismas, no miras a tu alrededor. Creo que estamos muy distraídos, no que nos falten ganas de ayudar a los demás; lo que nos falta es atención. Pero hay también un gran movimiento de personas que son muy solidarias. Mi madre mismo, que colabora con Cáritas, dedica su tiempo, su energía y su atención a ayudar a personas necesitadas a las que no conoce de nada. Y como ella, miles de personas en España. Eso es esperanzador.

- Y de seguir con ese ensimismamiento...

- ... nos acercamos, como en una novela de ciencia ficción, hacia un mundo muy atomizado, cada uno ensimismado en su pequeño 'mundito', creyéndonos felices delante de la pantalla. Me da un poco de pena cuando lo veo en los demás, y también cuando lo veo en mí. No me gusta nada e intento alejarme de caer en ello.

- ¿Redes sociales tiene?

- No.

- Usted impactó con una novela que protagoniza un niño. ¿Puede entender que a los llamados 'menas' (menores extranjeros) haya tantos adultos que los consideren, fríamente, un peligro?

- Habrá alguno de ellos que haya cometido algún delito, no voy a negar eso, pero creo que una sociedad se tiene que regir por patrones éticos. Independientemente del lugar del que proceda, hay que ayudar a quien lo necesita. No podemos dejar a nadie muriéndose en la calle, ni a un niño desprotegido; no podemos hacerlo como sociedad y, si lo hacemos, tendremos una sociedad cada vez más deshumanizada y empobrecida éticamente. Me parece injustificable la postura de Vox con este tema de los menores extranjeros no acompañados, toman la parte por el todo e intentan hacer creer que todos los problemas de España se resumen en el problema de estos menores y la inmigración; y lo hace con ese discurso de trazo grueso, de brochazo, que está convenciendo a tanta gente. Además, ese discurso de Vox se relaciona muy mal con la moral cristiana, que yo comparto. La acogida, el reconfortar al otro, está clarísimo en los Evangelios.

- Y España, ¿le duele, le encanta, le cabrea, la mandaría a tomar viento...?

- ¡Todo eso! Me provoca sensaciones y sentimientos distintos. Quiero a mi cultura y estoy orgulloso de que España, mi país, haya conseguido, por ejemplo, tener el sistema sanitario público del que nos beneficiamos todos. España es capaz de cuidar no solo a sus nacionales, sino también a los que vienen de fuera, y haber logrado eso como sociedad me hace sentirme orgulloso. Y no me olvido de que yo y muchos de mis hermanos, viniendo de una familia humilde, hemos podido tener una carrera universitaria gracias al sistema de educación pública que también hemos logrado entre todos, porque todos contribuimos a ello con nuestros impuestos y nuestra energía. Pero también hay otra España que no entiendo, que es desquiciante.

- ¿Qué la caracteriza?

- Esta tendencia a la disgregación, a la centrifugación, este no saber muy bien qué somos como país, esta discusión constante. Me gustaría poder tener una visión más equilibrada y sana de mi país, sin falsos orgullos, ni besos a la bandera, pero también con lo contrario: sin vergüenza por tener una bandera, pertenecer a este país o decir España, sencillamente. Yo digo España con toda tranquilidad, al mismo tiempo que soy consciente de que, como a todos los países, nos queda mucho por hacer y por mejorar.

- ¿Le inquieta el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos?

- Lo vivo con esperanza, y no por el hecho de que sea una coalición de izquierdas, sino porque es un Gobierno de coalición. Tampoco me parecería mal un Gobierno de coalición entre partidos moderados de izquierda y derecha. Una de las cosas que le falta a España es la capacidad para ponernos de acuerdo, para reconocer al otro.

- ¿Tenemos claro que ya no somos los reyes de la Creación?

- No, no somos el ombligo del Universo; de hecho, si seguimos por este camino no vamos a ser nosotros los que prevalezcamos; prevalecerán las montañas, las cucarachas, las bacterias, nosotros no estaremos aquí. Tenemos una fuerza motriz tan poderosa que somos, incluso, capaces de alterar el clima. Lo dicen los científicos claramente: si seguimos dando estos pasos, nos dirigimos hacia la destrucción. Pero soy optimista, pienso que seremos capaces de revertir, aunque con daños, este panorama. Intento no dejarme llevar por el fatalismo, pese a que veo que hay cenutrios al mando, y gente sin preparación, y un montón de intereses espúreos, económicos, propios de un capitalismo salvaje. Pero también observo otras cosas, como a una niña como Greta Thunberg que, de repente, ha puesto en el mapa una serie de problemas muy graves que nos conciernen a todos.

«Un poco de humildad»

- Muchos adultos se burlan de ella, la desprecian.

- Supongo que no son capaces de tolerar que una niña, un ser humano joven, y además mujer, les diga algo que es evidente y se haya convertido en un símbolo. Un poco de humildad no nos viene mal tampoco.

- ¿Cómo se mueve por Sevilla?

- Si puedo voy andando, y si no en bicicleta.

- ¿Vegetariano?

- Completamente omnívoro, aunque en casa intentamos no abusar de las carnes rojas para tener una dieta lo más equilibrada posible.

- ¿Usted tiene perro?

- ¿Perro?

- Me encanta el que aparece en 'Intemperie'.

- (Sonríe) No, no lo tengo. Una ciudad no creo que sea un buen lugar para tener un animal. Lo tendría si viviese en el campo.

- ¿Cuál es su talón de Aquiles?

- Lo que tengo siempre es una china en el zapato con el tema de la crisis climática de la que hablábamos antes, no la estamos afrontando a la velocidad que deberíamos y eso me preocupa mucho, no consigo relajarme.