Octogenarias de labios rojos

Imagen de la primera sesión de belleza solidaria realizada el pasado miércoles en la Casa de Misericordia de Olivenza. /José Vicente Arnelas
Imagen de la primera sesión de belleza solidaria realizada el pasado miércoles en la Casa de Misericordia de Olivenza. / José Vicente Arnelas

Las sesiones de belleza solidarias llegan a una residencia de ancianos de Olivenza

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

Suena Rocío Jurado en el salón donde una decena de octogenarias pasan la tarde. Es un día diferente. Sobre las dos mesas de camilla que tienen para calentarse se despliegan bases de maquillaje, sombras de ojos, rímel de pestañas, pintauñas, pinceles, brochas, coloretes y labiales. Todas ellas, incluso las que solo se han maquillado para pasar por el altar, cenarán esa noche con los labios rojos.

La mayoría está con la cara lavada. En su rutina diaria en la Casa de Misericordia de Olivenza, el aseo no incluye el pintalabios. Eso lo va a cambiar Marta Minino, su paisana y la impulsora de un proyecto que ha llamado 'Maquillaje para el alma' y que va dedicado a ellas. Consiste en ofrecer sesiones de bellezas solidarias, una iniciativa pionera en la región con la que esta maquilladora profesional se ha propuesto mimar la piel y el alma a las mujeres mayores durante una tarde al mes.

«El maquillaje no es algo superficial al menos para mí, porque influye en la autoestima y en tu manera de ir hacia la vida. Un lunes es menos lunes si te pones un labio rojo y eso es lo que quiero que sientan las ancianas de esta residencia, que se miren al espejo y sonrían», explica.

«Yo a esas personas que dicen que no se pintan porque son mayores, no las entiendo. Ahora es cuando nos hace falta»

El pasado miércoles fue la primera vez que Minino y otras tres maquilladoras oliventinas -Nuria García de la Rosa, Miriam Ferrer y Noelia Núñez- abrieron sus maletines de pintura, los mismos con los que se ganan la vida maquillando a novias, madrinas o invitadas. Compraron incluso pintauñas de colores atrevidos. «No me importa dar cuando sé que voy a recibir tanta felicidad de vuelta. Esto va de ayudar, el maquillaje es solo la excusa para tener el contacto humano, para que te cuenten su día o su semana y para que sientan que hay alguien que se interesa por sus historias».

Maquilladora y maquillada.
Maquilladora y maquillada. / José Vicente Arnelas

La primera voluntaria en ponerse en sus manos fue Carmen Píriz, quien saltaba a la vista que era la más coqueta de toda la sala. «Yo me pinto todos los días porque soy presumida, muy femenina y me gustar estar arregladita», confiesa a sus 86 años y con el rabillo del ojo pintado.

Cuenta además, que hace apenas cinco años fue reina de las fiestas de Olivenza. Y no, no se crean que le falla la cabeza, el certamen estaba abierto a todas las edades y ella no dudó en presentarse. Retiene una belleza a la que le favorece hasta el pelo cano y las arrugas. «Tenía al lado a dos chicas jóvenes y lo disfruté horrores, me pusieron la corona y me fui con ella al paseo».

«De qué familia eres»

'¿Tú de qué familia eres?' le preguntó a su maquilladora nada más coger el pincel. Roto el hielo, la sesión de maquillaje fue un rato de confidencias, de intercambio de trucos de belleza y, sobre todo, de evasión. «Me encanta. Yo a esas personas que dicen que no se pintan porque ya son mayores no las entiendo. Ahora es cuando nos hace falta, cuando éramos jovencitas bastaba con un poquito de Nivea».

Carmen enviudó cuando tenía 41 años. No ha vuelto a tener pareja ni quiere. Dice que cuando una mujer encuentra a un marido como el que ella tuvo «no puede haber nadie más». Por eso se arregla para ella misma. «¿Será egoísmo?», se pregunta.

«En mi casa éramos doce hermanos y no podía estar pintándome. Lo que tenía que hacer era trabajar»

Cuando empieza el color a asomar en la cara de Carmen, el resto de sus compañeras se vienen arriba. Depilación de cejas, manicuras, masajes faciales y maquillaje van saltando de silla en silla. «Ponme un rojo fuerte en los labios», le pide Mercedes Sánchez a Marta Minino. A estas alturas de la tarde, la música que suena de fondo es Raffaella Carrá.

Para la mayoría, los potingues que ven les son ajenos. «Yo no me he comprado una barra de labios en la vida», dice Carmen Bueno. Tiene 91 años y aunque solo la pintaron cuando se casó, no tuvo problemas en ponerse en manos de una de las voluntarias. «En mi casa éramos doce hermanos y yo no podía estar pintándome, lo que tenía que hacer era trabajar». La experiencia le ha gustado tanto que -comenta con una serenidad pasmosa- «si estoy viva repetiré. Ahora, si estoy muerta, pues no podré».

Minino reconoce que le encantaría que su proyecto se extendiese. «Esto lo puede hacer cualquiera. Yo lo único que hice fue venir a la residencia y contarlo. Me gustaría que se trasmitiese eso y que si alguien quiere llevar esta idea a otras residencias, que empiece».

 

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