El brazalete de Primera Comunión, pieza del mes de mayo de 2020 en el Museo. / CEDIDA

Un brazalete de Primera Comunión, pieza del mes mayo 2020 en el Museo de Olivenza

Este complemento se utilizaba a principios del siglo XX, en un primer momento, para distinguir que el niño estaba vestido para recibir la Primera Comunión, aunque no llevara traje para la ocasión

Juan Miguel Méndez
JUAN MIGUEL MÉNDEZ

Cada año, el mes de mayo trae consigo la celebración de la Primera Comunión por parte de muchos niños. Aunque es una celebración muy común en España, no todos saben desde cuándo se celebra tal y como la conocemos.

La tradición de recibir la Primera Comunión, característica de la religión católica, pero también de algunas otras religiones, tiene su origen en el Concilio de Letrán de 1215, que determinó que los menores de edad que tuvieran entre 12 y 14 años podrían recibir este Sacramento. La ceremonia empezó a celebrarse entre nobles y burgueses, pero es en los siglos XIX y XX cuando se consolida como una ceremonia extraordinaria en la vida de los católicos.

Para recibir el sacramento de la Comunión es requisito obligatorio haber recibido el del Bautismo y haber confesado los pecados y recibido el sacramento de la Penitencia. También es necesario tener una preparación o curso llamado catequesis, que en la actualidad dura dos años, y que no es otra cosa que la enseñanza del catecismo. La edad de los niños para recibir la Primera Comunión está en los 9 años.

Es a principios del siglo XIX, cuando comienza la costumbre de que los niños que fueran a comulgar por primera vez vistieran un traje nuevo para presentarse dignamente ante el altar, según relata el historiador Juan Eslava Galán.

A comienzos del siglo XX se va imponiendo el color blanco, símbolo de inocencia y pureza. Según Eslava Galán, lo trajes específicos de Primera Comunión comienzan a confeccionarse a partir de los años 20.

En las niñas eran frecuentes los trajes de corte sencillo y color blanco, que poco a poco se iban haciendo más elaborados, incorporando vuelo a las faldas y las clásicas lorzas. En los niños, el traje de marinero fue el que más se impuso, quizás por ser en su mayor parte de color blanco, más sencillo y accesible para todos.

En los años de la posguerra, en las familias de bajo nivel económico, la Primera Comunión se hacía con la ropa de los días festivos. Después de la misa, se iba a casa donde se invitaba a chocolate con churros o dulces variados a los familiares más allegados. Posteriormente se visitaban las casas de los vecinos para enseñar el traje y entregar la clásica estampa de Comunión. A cambio recibían un regalo en forma de dinero.

Hubo una época en la que era costumbre que niños y niñas vistieran hábitos para recibir el Cuerpo de Cristo, así era frecuente ver a los varones vestidos de fraile y a ellas de monja.

Dentro de la indumentaria, los complementos eran parte importante, como guantes blancos, rosarios, misales, limosneras y, algo más antiguos, los brazaletes y las bandas.

El Museo expone uno de esos complementos. Se trata de un brazalete de color blanco, realizado con una cinta, que se fija a uno de los brazos formando un lazo con dos caídas, rematadas por flecos de metal dorado. En ellas se dibuja a color un racimo de uvas con la frase «Día Feliz», y un cáliz sobre el que gotea un corazón rojo. Este complemento se utilizaba a principios del siglo XX, en un primer momento, para distinguir que el niño estaba vestido para recibir la Primera Comunión, aunque no llevara traje para la ocasión. Posteriormente, por tradición, se luce junto al resto de complementos, hasta su desaparición en los años 50/60.